Desde el mismo momento en que se reconoció la emergencia de una crisis financiera en los Estados Unidos se percibió que la perturbación se extendería y afectaría a otros países. Resultaba evidente que el sistema financiero norteamericano es el núcleo central de una trama de vínculos que entrelaza los sistemas financieros nacionales de prácticamente todo el mundo. La trama es particularmente densa entre los países desarrollados. Una crisis en el centro de un sistema financiero globalizado es una crisis global y así fue rápidamente percibido. Junto con esta percepción, también muy tempranamente, distintas voces plantearon que las medidas para frenar la crisis y revertir las tendencias disruptivas debían ser globales. Esto es, las medidas a ser adoptadas por los gobiernos y los bancos centrales debían coordinarse, ejecutarse más o menos simultáneamente y monitorearse conjuntamente. Pero esta actividad internacional enfrenta una tremenda dificultad: las instituciones capacitadas para generar o recibir iniciativas, consensuarlas, coordinarlas y aplicarlas son inexistentes, débiles o están mal diseñadas para cumplir esas funciones.
